• Rogelio Calderón

La monja y su coche crema

El convento es popular en el pueblo. No es por los siglos que lleva ahí, o por el rompope que hacen las hermanas. Es más, cada pueblo que tiene un convento tiene rompope y hermanas. No hay sorpresa ahí. El creador sabe lo que quiere y lo que necesita en sus templos. Él es el jefe.


Quien hacía único este convento eran el coche crema y la monja que lo manejaba. Difícilmente podría ver uno a una monja salvo en la misa del domingo o cuando hacían ventas de galletas y rompope en la explanada central del pueblo. Pero todos sabíamos que había una monja que en las tardes se paseaba a buena velocidad en aquel coche crema. Lo hacía de manera respetuosa para no enfadar a Dios. O bueno, eso es lo que decían las señoras de avanzada edad al ver el vehículo siendo dominado por aquella hermana en las calles empedradas. Qué clase de control tenía la religiosa al volante.

Dicen que la monja era una ex piloto de Italia que por azares del destino llegó a nuestro pueblo una noche de Abril. Vamos, si el destino es misterioso, lo es más el hecho de que alguien de tan lejos haya venido a ser vecino de nosotros. Llegó exclusivamente a ser cocinera del convento, pero al parecer tuvo tanta cercanía con el de arriba que decidió enfundarse en el hábito tradicional. Los hombres nos enojábamos con el creador porque la verdad es que la monjita estaba divina. Ocho padres nuestros me obligaban a rezar en casa por aquellos pensamientos impíos.


El coche crema era del párroco de la iglesia. No lo usaba, y por ende se desbarataba con el paso del tiempo. Y no era extraño pues, en un pueblo bicicletero y de cortas vías, un transporte de motor era más que innecesario. La vida en el pueblo era muy aburrida. Lo único famoso que había era el cantante de bodas que según había tocado con los Bitles. Obviamente nadie le creía, pero ante la falta de personajes populares, entonces adoptamos a nuestro quinto bitle en el pueblo con resignación. De hecho cantó en la boda de mi prima. Fue un desastre.


Ni las labores de cocina ni los tiempos a solas de rezo dieron paz a la monja italiana. Dicen por ahí que a cambio de seis botellas de rompope, el párroco accedió a venderle el coche crema a la hermana. Dimos muchas gracias al señor de que al padre le gustara tanto el alcohol. Aleluya.

Cada tarde después del catecismo nos sentábamos a ver a la monja manejando su coche crema. Ni el hábito ni su imagen espiritual nos hacía dejar de lado los piropos hacia la mujer. Claro que estos solo se quedaban en la cabeza, ya que de haberlos pronunciado, entonces todo hombre del pueblo hubiera sido excomulgado.

La rutina de la monja era dar cinco vueltas rodeando desde la iglesia hasta los arcos de la entrada. Recuerdo que era un espectáculo que se terminaba cuando mi abuela me jalaba la oreja en señal de que tenía que regresar a casa.

Poco a poco la gente del pueblo empezó a sentarse en la fuente del niño que orina para ver la maravillosa habilidad de la monja. Sí, en poco tiempo este pueblo tuvo su propio autódromo improvisado para ver a una hermana manejar con astucia y destreza. Dios es simpático.


Pasaron dos maravillosos años y el fervor era tal que hasta medios impresos de la capital comenzaron a venir a nuestro pueblo. No solo la prensa, sino hasta turistas empezaron a pararse en las calles con cámaras en mano. El quinto bitle ya había sido relegado al lugar número dos de los acontecimientos más importantes en la historia del pueblo. Dimos gracias al señor por ello.

A la semana siguiente ya no vimos ni coche ni hermana. Pensamos que se había enfermado pero no fue así. Pronto supimos que un empresario adinerado convenció a nuestra querida monja de correr en Roma. Ya saben, en un pueblo chico se sabe todo. La buena noticia fue que el coche crema quedó estacionado en la iglesia y contenía un radio con un gran moño y una nota que decía: “Gracias por todo”. Se había ido, pero al menos teníamos el auto para recordarla.

A partir de ese momento todas las competencias de carreras las escuchábamos por la radio. Parecía fiesta patronal cada vez que ella corría. En cada entrevista, Mónica Gugino, que era el nombre de nuestra querida ex monja, dedicaba sus triunfos al pueblo. Se convirtió en la mejor de sus tiempos, y eso fue un gran legado para nosotros. Llegamos a recibir tantos turistas que hasta ya nos ponían en los mapas oficiales del país. El bitle quedó en el exilio de la memoria del pueblo, pero aún seguía cantando. Incluso dedicó una canción a Mónica de nombre “La bella del cream car”. Dijo que a sus amigos músicos ingleses les había gustado. La verdad es que no tuvo éxito, pero al menos en el pueblo le seguimos dando por su lado. Terrible canción por cierto.


Nos convertimos en un importante destino turístico. La fuente del niño que orina pasó a ser una escultura de Mónica con un trofeo en mano. Años después los conservadores la derrumbaron porque supieron que la linda italiana había posado en una revista para caballeros. Las señoras la maldijeron, pero los señores la alabaron. De hecho el tiraje en el pueblo se agotó. Muchos hombres, me incluyo, dijimos que solo compramos la revista porque nos gustaban los artículos. Sabe Dios que no es del todo mentira. Al final el alcalde volvió a poner la estatua. Dicen que en su oficina él también tenía un ejemplar de la italiana en la portada que estaba autografiado y con dedicatoria especial. Envidia total.

Independientemente de aquel escándalo, todos en el pueblo agradecimos a la monja y su coche crema por haber llegado a nuestras vidas. Amén.

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