• Rogelio Calderón

Valdano y el minuto 92

La monótona frase de Valdano era mi escudo ideal por lo que pudiera pasar ese día. Si ganaba el América maravilloso, pero si perdía entonces no era tan importante. Había desventaja de un gol y los nervios saboteaban la coherencia en mi mente. Me repetía tratándome de convencer que ni ganaba ni perdía nada. Al final era futbol y nada más.

Mis primos que, tenía años que no nos juntábamos para un evento deportivo, llegaron a casa donde los esperaba junto con mi hermano. Todos de amarillo y contentos de que estaríamos en una final relevante, con dos equipos importantes, en el estadio más maravilloso del país.

Platicamos de varias cosas en el camino, nos actualizamos de nuestras vidas, poco se tocó el tema de la final. El camino del norte al sur es largo, pesado, detestable por el tráfico. Es bien sabido que en un juego importante, la travesía al Azteca es como la de Jason y los argonautas: fila interminable de autos tratando de llegar a tiempo para encontrar un lugar donde estacionarse. Pero llegamos, y el número de camisas amarillas inundaba los puestos ambulantes, los de los tacos, y el de las taquillas.

Recuerdo que mi primo Beto estaba nervioso, mientras que el único que mostraba temple y seguridad era mi hermano. Mi otro primo y yo nos aguantábamos el nervio, o quizá solo yo. Citaba a Valdano en mi mente para confortarme ante la incertidumbre del resultado. Pero parecía no surtir efecto.


Estábamos hasta arriba, eran los únicos boletos que pudimos conseguir aún con la “ventaja” de ser acreedor de la tarjeta de banco que tenía relación con esos espectáculos. No nos quejamos, lo importante era estar ahí. Además llovía y el techo nos cubría bien. El ambiente local nos dio valentía y optimismo. Estábamos listos.

El partido comenzó y la pesadilla se empezaba a gestar. Al minuto trece el árbitro se dirige a Molina. Con un incrédulo “no mames lo va a echar” mi primo Beto vio como le sacaban la roja al medio del América. Para mí era casi el final. El gol de Teófilo Gutiérrez reforzó mi pesimismo. Ni hablar. Alexis, mi otro primo, le decía a Beto: “ahora si te puedes poner nervioso”. Ni dije nada, mi hermano tampoco pero no lo veía preocupado. Había cierta confianza en su gesto que me tranquilizó y me llevó sutilmente a la resignación. No podía hacer nada. Edgar se mantenía estoico.


El primer tiempo se fue rápido. Es un fenómeno muy característico en el deporte; cuando vas perdiendo el minuto se convierte en segundo, y cuando vas ganando el minuto parece ser una hora. Es parte de la magia.

En el segundo tiempo hubo un trío de aficionados del Cruz Azul que no paraban de hacer señas con el dedo burlándose. Debo confesar que estuve a punto de sacar mi lado troglodita para confrontarlo pero al final imperó la razón en mí y solo me le quedé viendo fijamente con rostro serio. Sin embargo, la gente de mi alrededor, en su mayoría del bando perdedor empezó a impacientarse. Afortunadamente no hubo violencia, la inevitable derrota en cierta forma calmaba los ánimos. Se iba a perder, en casa, contra el rival de la capital, y lo peor: seríamos el equipo con el cual Cruz Azul rompería la maldición. La noche era cruel, y la semana sería larga.


Faltaban cinco minutos. La gente ya se estaba yendo desde antes y yo quería hacer lo mismo. Sugerí la retirada, pero mi hermano, con su rostro tranquilo y maduro ante la situación dijo: “No, nos quedamos hasta el final. Ya estamos aquí y esto es hasta que termine”. El menor de los cuatro resultó ser el más maduro de todos. Beto estaba triste, Alexis ya de plano se reía, y yo estaba resignado. Pensaba en mis justificaciones de esta derrota con los amigos. No había nada más que hacer.

Vino un tiro de esquina y todos estábamos parados, como si el estar de pie sirviera para crear un milagro en el campo. Era un impulso natural del nervio, de la solemnidad del evento. Cuando el balón estuvo en el aire solo vi que alguien saltó. Mis ojos no procesaron bien la imagen pero el ruido del estadio me notificó el gol. Me emocioné, y mis primos y hermano gritaron. La gente de alrededor, la poca que quedaba, creía en el milagro. Yo no. Fue la primera vez que vi a Edgar con nerviosismo.


Llovía mucho, la gente alentaba, todos gritábamos. Es curioso, uno cree que los jugadores escuchan nuestras indicaciones a gradas de distancia. Es parte de la fe, del juego. El minuto 92 llegó, y con él otro tiro de esquina. Vi cómo Moisés Muñoz se fue al ataque. Solo pensaba en que el árbitro pitaría en cualquier momento y que su estancia en al área rival sería inservible. Después del primer centro fallido para mí se había acabado. Pero vino el último tiro de esquina y nada más vi como voló nuestro portero. Hay otro fenómeno interesante en el fútbol, nuestro ojo reacciona tarde cuando el balón entra a la red. Eso me pasó. No vi bien ni el cabezazo, ni la pelota, ni nada. Solo me dejó sordo el grito de gol de todo el estadio. Fue tanta la alegría que mi lado irracional me hizo quitar la playera. Me abracé con mi hermano y mis primos. Ahí supe que ganaríamos, aún cuando todo llegaría a su fin cuarenta minutos después entre tiempos extra y penales.

El América sería campeón en aquella noche histórica para nuestro fútbol nacional. No solo por los equipos, sino por la forma, por las emociones, por los errores, y por lo que significa un deporte tan popular en México y en el mundo. Recuerdo que en ese entonces mi novia (spoiler: ahora mi esposa) no se oía muy contenta en el teléfono. Y no la culpaba, ella le va al Guadalajara. De hecho eso nutrió para bien la anécdota de aquel día.

Tiene razón Valdano, el fútbol es lo menos importante de lo más importante. Pero cuando este te regala ese tipo de momentos, entonces puedes moverlo un escalón arriba dentro de la clasificación de prioridades. Total, sin esos pequeños momentos la vida sería un poco insípida.

El minuto 92 valió para siempre.





*Con respecto a los tres aficionados del Cruz Azul que se burlaron todo el segundo tiempo jamás los volví a ver. Después del segundo gol desaparecieron de la tribuna con rumbo desconocido. A ellos también agradezco el ser parte de la historia.*


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